Euskal dantza

Euskal ezkontzak

¿Cómo se celebraban las bodas en Euskadi en siglos pasados? ¿Queda alguna reminiscencia de ellas en las bodas actuales? ¿Cuál era el papel del novio? ¿Y el de la novia?

 

Vamos por partes. Lo primero de todo es decir que la celebración de las bodas, al igual que otras tradiciones, variaba mucho dependiendo de la provincia y de si la boda era entre personas del interior o de la costa. Además, estas celebraciones fueron evolucionando por influencia de parientes que llegaban de otras provincias o de las capitales y que traían consigo otras modas y costumbres. Por centrarnos, os vamos a contar cómo era una boda tipo en el interior de Bizkaia, en Güeñes, por ejemplo.

Euskaldantza        Aurresku de honor

¡Ay, el amor!

¿Se casaban enamorados el uno del otro nuestros ancestros? Todo parece indicar que no. Las bodas solían estar concertadas y eran un acuerdo entre las familias para emparentar entre ellas y así conservar el linaje y preservar el patrimonio familiar. De hecho, se acudía al juez antes de la ceremonia religiosa para que diera fe de las aportaciones de una y otra parte y se firmara el contrato matrimonial. Romántico, ¿verdad?

La dote

Si hoy en día celebrar una boda puede suponer un gran desembolso económico, no lo era menos hace siglos. Por ello y desde bien jóvenes, las mujeres de la casa se iban haciendo su ajuar. Con ayuda de costureras, vecinas o entre las etxekoandres de la familia (abuela, madre, tías, etc.), se confeccionaban mantelerías, toallas, sábanas, colchas, ropa de diario, lencería, etc., que en el momento del enlace pasaban a formar parte del nuevo hogar. Y todo ello se llevaba en un arca de madera construida específicamente para la novia. Además, ella era la que aportaba colchones, cuna, orinal, jarra, palangana de aseo; cubertería, cafetera, cazuelas, tazas; y hasta la cama matrimonial.

En el caso de los hombres y, también dependiendo del nivel económico de la familia, la dote se componía de su ropa, regalos para la novia, instrumentos de labranza y para su trabajo diario en el caserío e, incluso, alguna vaca u oveja.

El día de la boda

Un día antes de la ceremonia religiosa, bien el novio, bien la novia según procediese, se dirigía hacia el que iba a ser su nuevo hogar. Se engalanaban y uncían 2 o 3 pares de bueyes y, en compañía de familia, parientes y los vecinos más cercanos se llevaba el ajuar. Era realmente en este acto en el que se mostraba el poderío económico de la familia que se trasladaba al nuevo caserío y para que nadie se lo perdiera, se contaba con la presencia de cohetes, músicos y txistularis durante todo el trayecto. Además, era imprescindible que los carros de bueyes chirriaran para que se escucharan en todo el pueblo.

El día señalado de la celebración religiosa era fiesta en todo el pueblo. Después de la ceremonia se celebraba una romería en la que el novio bailaba primero con la novia y luego con el resto de las chicas del pueblo.

En el copioso banquete con el que se convidaba a los invitados, la novia y sus amigas se encargaban de servir y atender a todos los asistentes. Mientras, el novio se quedaba sentado esperando a ser atendido en la mesa principal acompañado de los padrinos y el cura. Normalmente también estaban invitados el médico del pueblo así como el alcalde y su mujer.

Los novios corrían con todos los gastos del enlace y no recibían ningún regalo. El desembolso económico era tal que las autoridades llegaron a prohibir que los amigos se quedaran a dormir en el caserío de los contrayentes los días anteriores y posteriores a la boda, privilegio que quedó sólo para los familiares.

¡Qué poco queda de aquellas bodas! Pero los tiempos cambian y hemos adoptado nuevas tradiciones que, no por ser nuevas, no dejan de ser bonitas. El aurresku de honor que baila el primo de la novia a ritmo del txistu que toca osaba Mikel hace saltar las lágrimas de las nuevas parejas y sus invitados.

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